Carlos Coloma

Hay ciclistas que se ganan el respeto con sus victorias. Y hay otros que consiguen algo mucho más difícil: que una forma de entender el ciclismo se convierta en una manera de sentir. Mikel Landa volvió a recordárnoslo en la etapa reina de La Vuelta.

Hay días que explican una carrera entera. El 12 de septiembre de 2026 fue uno de ellos. La Vuelta llegaba a su penúltima etapa con una jornada destinada a decidir la general: 186,8 kilómetros, cinco puertos y 4.890 metros de desnivel positivo en lo que algunos han dado en llamar 'la etapa más dura de la historia de carrera", entre La Calahorra y el inédito Collado del Alguacil. Territorio de líderes. Y de Mikel Landa, que, por otro lado, nunca dejó de serlo. 

A sus 36 años, y en su última gran vuelta por etapas vistiendo los colores del Soudal Quick-Step, afrontaba una de las últimas oportunidades de una temporada, casi de una carrera deportiva, que él mismo había descrito como especialmente dura. Pero quizá por eso los Landistas confiaron - nadie más que el propio Mikel - en que ese era el caldo de cultivo de, quién sabe, si la penúltima gran gesta de Mikel. 

Porque Landa no llegó al Collado del Alguacil como quien espera que las cosas simplemente sucedan. Llegó con la convicción de que, pese a todo, podía y debía intentarlo. Después de los "dos años más duros" de su carrera, no se resistió a pensar que ya no podría. En un día de sacrificio constante, con una remontada que le hizo contactar con el grupo de cabeza, Mikel empezó el último puerto de la jornada en posición de soñar. Y así empezó a escribirse una gesta más del Landismo. Con un ataque a 7km de meta que soltó primero a Ramses Debruyne y a Tobias Johannessen después, Mikel afrontó las imposibles rampas del Collado del Alguacil sólo, hasta terminar alzando los brazos en meta para volver a ganar.  Para volver a engrandecer su figura, su deporte. 

Once años después de su primera victoria en La Vuelta, el ciclista alavés volvía a saborear un triunfo precisamente cuando parecía más difícil conseguirlo. Pero si icónica fue la imagen de Mikel cruzando la meta, sus palabras después nos dejaron, por qué no reconocerlo, con la misma lágrima en los ojos que se le escapó a él al pensar en todo lo vivido: "me he acordado de mis hijos (...) Si algún día ven esto y lo entienden, me gustaría que sepan que no te puedes rendir nunca".

Porque quizá ser Landista nunca tuvo demasiado que ver con contar victorias. Tiene que ver con una forma única de vivir su deporte. Porque el ciclismo no siempre recompensa al más fuerte, al más rápido o al que más gana. A veces recompensa al que permanece. Por eso esta es una victoria diferente. Y por eso el ecosistema ciclista en general la siente como tal.

Mikel lo dijo después de cruzar la meta: después de tanto sufrimiento, aquel día todo cobraba sentido. Por los días buenos y los malos. Por todas las veces que el resultado no salió. Por esa última oportunidad que Mikel decidió no dejar escapar. Por eso, por siempre, Landistas

*CRÉDITO IMÁGENES: GETTY SPORT

Carlos Coloma en competición
BH Coloma Team 2023
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