Hay días que explican una carrera entera. El 12 de septiembre de 2026 fue uno de ellos. La Vuelta llegaba a su penúltima etapa con una jornada destinada a decidir la general: 186,8 kilómetros, cinco puertos y 4.890 metros de desnivel positivo en lo que algunos han dado en llamar 'la etapa más dura de la historia de carrera", entre La Calahorra y el inédito Collado del Alguacil. Territorio de líderes. Y de Mikel Landa, que, por otro lado, nunca dejó de serlo.
A sus 36 años, y en su última gran vuelta por etapas vistiendo los colores del Soudal Quick-Step, afrontaba una de las últimas oportunidades de una temporada, casi de una carrera deportiva, que él mismo había descrito como especialmente dura. Pero quizá por eso los Landistas confiaron - nadie más que el propio Mikel - en que ese era el caldo de cultivo de, quién sabe, si la penúltima gran gesta de Mikel.
Porque Landa no llegó al Collado del Alguacil como quien espera que las cosas simplemente sucedan. Llegó con la convicción de que, pese a todo, podía y debía intentarlo. Después de los "dos años más duros" de su carrera, no se resistió a pensar que ya no podría. En un día de sacrificio constante, con una remontada que le hizo contactar con el grupo de cabeza, Mikel empezó el último puerto de la jornada en posición de soñar. Y así empezó a escribirse una gesta más del Landismo. Con un ataque a 7km de meta que soltó primero a Ramses Debruyne y a Tobias Johannessen después, Mikel afrontó las imposibles rampas del Collado del Alguacil sólo, hasta terminar alzando los brazos en meta para volver a ganar. Para volver a engrandecer su figura, su deporte.